Relato ganador de la XXIX edición del Premio de relatos cortos José Nogales

XXIX PREMIO INTERNACIONAL DE RELATOS CORTOS

JOSÉ NOGALES





De la metáfora en las operaciones de estiba y desestiba”

(Lema: Lavinia)

Javier Izcue Argandoña





Veinte años después, era 2012, leí en La Gaceta que la marea había arrastrado a la costa pacífica del Canadá un contenedor frigorífico en el que un asombrado paseante encontró una moto Harley Davidson con matrícula japonesa de la que publicó varias fotos en la red. Los representantes de la firma decidieron investigar su procedencia y descubrieron que su propietario era un joven de 29 años, residente en Yamamoto, llamado Ikuo Yokoyama. El 11 de marzo de 2011 el eterno choque entre la placa del Pacífico y la placa norteamericana, que se va hundiendo contra la isla de Honshu, provocó un terremoto que arrasó Japón. Murieron 15.899 personas y miles vieron sus recuerdos arrastrados al océano por el reflujo de un enorme tsunami.

A mí, por el contrario, la resaca de la lectura me devolvió el recuerdo de Clara.

Algunas tardes nos juntábamos en el Novelty con la excusa de hablar sobre la cortesía japonesa. La vida es rara o absurda, y aquellos medallones de piedra nos miraban desde los arcos de la Plaza Mayor. Yo fingía no entender bien esa mentalidad tan extraña que se prohíbe decir no cuando es no y que sonríe ante las mayores ofensas y que se viste de blanco para honrar a los muertos y que venera “casi”, y solo desde MacArthur (con ‘a’), a un emperador como si fuera un dios.

Al final, a Clara no le quedaba más remedio que ponernos ejemplos prácticos que, en realidad, se ceñían al comportamiento de un solo japonés, Hideo, es decir, su marido. Con Nomi, es decir, su hija, era otra cosa. Era japonesa y salmantina, era adolescente, y uno no sabía qué pensar. Nomi era Clara, pero era Hideo, a veces más una que otro, o más esto que aquello. Pero Hideo tenía su medida de medir las cosas. Por ejemplo, si quería conocer el nivel económico de un país le bastaba con acercarse a un McDonald’s (sin ‘a’) y pedir una Big Mac (con ‘a’). Al instante la comparaba con su precio en Tokio y en Londres, y con esa triangulación ya tenía una estimación exacta del valor de la moneda y del precio de las cosas en el país en el que estaba. Si Nomi era anfibia, Hideo era un ser extremófilo, capaz de sobrevivir en ecosistemas sociales tan exigentes como la burbujeante sociedad japonesa de los 90 o los usos salmantinos más arcaizantes, los paseos dominicales con corbata por la Rúa, los víctores en la piedra rojiza y dúctil de Villamayor, sus heroicas siestas que le entusiasmaban. Pero a nosotros nuestra indigencia en educación financiera nos vedaba saber que ese método se conocía como el “Índice Big Mac”.

El último fin de semana anterior a entregar nuestro trabajo de investigación Clara nos invitó a su casa en la Calle Libreros para acabar de corregir nuestra memoria de fin de Máster. El inmueble, antiguo, había sido rehabilitado en piedra y madera. Los muebles, kakemono incluido, eran orientales. Estábamos deslumbrados por las lacas barnizadas y la seda pintada, por el juego de porcelana en el que nos sirvió el té y unas pastas de arroz.

-Nos hemos traído todos los muebles de Kioto.

Sonia y yo estábamos estupefactos. Uno, habituado a enviar por correo postal cajas de libros, a arrastrar maletas jorobadas por los pasillos de los aeropuertos, a abandonar utensilios y macetas en pisos de estudiantes, sintió la elegancia de la fórmula.

Hideo, samurái, fue quirúrgicamente preciso.

En aquellos días, un contenedor costaba un millón de pesetas; una (con ‘a’) Big Mac, 315 pesetas. Así que aquel porte les había costado 3174 hamburguesas. Ese era el precio de una vida. El precio de un nuevo comienzo.

-¿Te das cuenta? -le dije a Sonia esa noche.

-¿Si me doy cuenta de qué?

Se burlaba de mí. Lo sé. Me mordió en la oreja y se dio la vuelta. Mis lecciones de cortesía oriental me habían vuelto muy disciplinado. A ella no le cabía tanta vida.

-Hay personas que no renuncian a nada.

Los dos sabíamos que estábamos a punto de separarnos. La vida, si queremos ser más elegantes, estaba a punto de separarnos. O nuestras vidas estaban a punto de separarnos. El arte de la separación es, también, una disciplina muy antigua y de gran refinamiento. Ella pensaba en otras vidas. Yo iba haciendo un catálogo de naves perdidas y de náufragos ahogados. Yo ya iniciaba el duelo de la renuncia.

-Existe un modo de no perder el pasado.

En un contenedor, como su nombre indica, cabe todo. Qué cabe en una maleta. Perdón por el chiste, ¿males en dosis pequeñas? Comprendí que el viaje en barco, la singladura a través de los océanos, por estrechos, por canales, permite a la materia ir despidiéndose del lugar del que parte y comenzar su adaptación a la nueva patria. Sentí que la oscuridad del contenedor, como la de la pantalla de un ordenador apagado, era un buen lugar para el duelo de los objetos, los objetos que tienen alma, los que no son solo un producto. Aquellos que alguien amó, que alguien odió.

En eso, pensé, consiste la estiba, como la escritura, en ordenar las cosas para que ocupen el menor espacio, en distribuir convenientemente las cargas, en reunir en armonía objetos de naturaleza completamente distinta. A eso los poetas le llaman crear metáforas.

Uno, ya mayor y propenso a la melancolía solo puede imaginar las conversaciones que mantendrán los objetos acunados por las olas, libros y zapatos, sillas, diplomas, fotos en sepia, curvadas en los bordes mordisqueados por el azufre del tiempo.

Y de pronto, como si fueran fuegos artificiales, vuelve a mí todo lo que había perdido en estos veinte años, las personas de las que me separé, quién yo era y ya no soy más. Recordé a Sonia, sus pechos pequeños que temblaban cuando se reía, el viejo pijama lleno de tomates, sus primeras cartas cuando se marchó a Des Moines, y sentí ganas de volver a leerlas, pero sabía que estas sí, leídas, las había botado el amor a dios sabe qué contenedor. También la primera, la única en la que aún sobrevivía la ficción de nuestro amor. Pero no se toman rehenes.

Solo tengo una carta escrita por mí, pero no a Sonia. Porque a veces yo también tengo ganas de dejarlo todo y empezar una nueva vida, lejos, después, una carta que encabecé con un “A quien corresponda”. Era una carta de motivación, así la denominaba la convocatoria oficial, y yo confesaba algo como que en un desván de mi casa (en puridad, la de mis padres) me espera un baúl con un candado y una etiqueta de viaje de Malaysia Airlines. Guarda las cartas que mi madre me envió a Taipéi los cinco años que viví en Taiwán. Esas no puedo tirarlas. Tampoco soy capaz de volver a leerlas.

Ha pasado más de un cuarto de siglo. Yo ya tengo más de cincuenta años. Mi madre ha muerto y aquel joven de 25 años también. Ahora tengo la edad que tenía mi madre cuando las escribió. Entonces no las comprendí. Quizá esta pesquisa (es la palabra que puse) me permita hacerlo.

Sé que aún tengo que pronunciar la oración fúnebre en homenaje a mi madre y que ella me escuche. Siento que, como dijo Horacio, las palabras pueden ser más eternas que el mármol.

Mi oración fúnebre ha de tener la forma de una obra de teatro (era una residencia artística). Confío en que al volver a Asia después de un cuarto de siglo y completar ese texto que me persigue hace nueve años, podré encontrarme con el joven que fui y hablar con mi madre. Es un texto al que vuelvo una y otra vez, pero me huye.

Esto, mera minucia biográfica, a nadie ha de importar. Es el arte, la dramaturgia, la que ha de convertir este homenaje personal en un Oficio de Difuntos que, desde la humildad del proyecto, pueda acompañar un instante el duelo del espectador, del lector, del huérfano.

Y terminaba la carta dando las gracias. Por lo visto, no correspondía a nadie. O nadie me correspondió, ni respondió.

En la casa de Clara había colgado un grabado en la pared. Estibadores japoneses descargan en barcazas enormes fardos de los barcos negros del Comodoro Perry. En aquellos barcos Occidente desembarcó en Japón. Y Japón supo hallar un lugar para todo lo que venía del mar. Y entonces recordé. Otra memoria. Otro naufragio.

Hace treinta años yo tenía treinta veinte años, vivía en Asia y estaba enamorado. Mi habitación era un minúsculo ático ilegal desde el que se veía cómo el río Tamsui arrojaba sus limos naranjas, cárdenos, magentas, al Mar de las Perlas. Cada vez que la espina dorsal de fuego que va de Japón a las Marianas temblaba, yo amanecía en el suelo. Y siempre, cada una de las noches de los tres años que viví allí, cruzando en diagonal perfecta, una hilera de diminutas y feroces hormigas negras entraba bajo la llaga de la puerta de entrada, ascendían por mi cama –pata, colchón y cabecero- hasta salir por el tendedero de la ventana hacia la negra noche oriental.

Yo colocaba laberintos en espiral para extraviarlas, pero era yo quien no alcanzaba a dar con la salida.

Muchos días amanecía retrepado en la silla de escritorio, la frente febril contra mis papeles, irritable, agotado. Esa mañana, en la que tampoco me llegó la carta internacional que respondiera a mis aullidos de amor oceánico, de regreso de mis vagabundeos vi la fachada desvanecida del viejo Hotel Mandarín. Yo había leído en algún lado que bajo sus aleros de nido de golondrina un general y un bibliotecario habían firmado el tratado de una paz que nunca llegaría. Tomé una habitación polvorienta en la que ardía una varita de incienso frente a un Buda melancólico. Me prosterné nueve veces, tomé una hojita del destino y recé una plegaria a Matsu, la diosa del mar, y a Venus le recité uno de los poemas de amor que Ovidio había escrito en su exilio en el Ponto. A saber qué equipaje llevaría el poeta, quién se lo desembarcaría. Ovidio, a diferencia de Ulises, no regresaría a casa.

Ganó Venus, así que marqué el número de teléfono de Linlin. Era bella y triste, líquida, deleitosa, y le bastó reconocer mi voz, y escuchar en silencio el nombre del hotel.

Ni ella ni yo hablamos. Porque en la única ciencia en que ambos éramos maestros es la de la mentira y la del abandono. El cerco oscuro de sus ojos era parte del tributo que ella pagaba por su amor imposible por André, que ya había vuelto a Poitiers. Mi furia se nutría del rencor y el afán de venganza contra quien había dejado de pensar en mí diez husos horarios más al oeste.

Ambos nos hicimos daño minuciosamente, sin caricias ni palabras que nos permitieran perder tiempo en nuestra autodestrucción. El placer, si llegó, era una excusa. Una noche, bien administrada, puede ser un largo tiempo.

Por la mañana, en la ducha, nos vimos por primera vez desnudos. La besé sin ferocidad y Linlin me devolvió el beso. Su sexo tembló, y el mío, los dos cuerpos heridos por el combate nocturno, y aleteó, esta vez sí, una promesa de gozo entre ambos, mientras el río Tamsui se vaciaba incesante en el océano en un mantra que nadie escucha y que a nadie parece importar.

Salimos a la ciudad indiferente. Era domingo, o martes. Aún era de mañana, o quizá fuera ya mediodía. Miré los ojos negros de Linlin, dos solitarias hormigas que han sobrevivido a la tempestad y avanzan más allá, y sentí una gana ubérrima de escribir una canción, de dibujar círculos en el agua arrojando piedras, de silbar bajo los magnolios, los flamboyanes, las madreselvas.

¿Cómo hace un estibador para dar orden al caos de la vida, para que todo quepa y conviva, como si fuera una persona que es todas a la vez? Sentí que la estiba debía ser un arte hermano del de la escritura, un arte que consiste en soltar un hilo de palabras mientras se avanza en la oscuridad del laberinto, buscando un minotauro al que matar para volver a Ariadna. Y de pronto un enorme barco portacontenedores se cruza en un canal y detiene la navegación del mundo, y en sus mansiones de pórfido y platino tiemblan los poderosos de la tierra y las madres no tienen un puñado de arroz para niños oscuros a los que atormentan escuadrones de moscas. Mientras en los puertos los estibadores juegan a los dados esperando, esperando, esperando, y las grúas se oxidan de tristeza.

En algunos contenedores que se extravían en el océano viajan historias como la mía, pensé, o como esta que me contó Melpómene, o el espíritu. O simplemente tintinearon en las vocales del nombre Sonia.

En la mesilla orbitaban en trayectorias paralelas una biblia de los gedeones y un zippo con una calavera. A través del papel pintado aun reverberaban en pequeñas burbujas los jadeos que de madrugada había emitido en la habitación de al lado una muchacha yonki acariciada por la lengua áspera de un pastor alemán medio ciego.

Avanzando por la interestatal colindante camiones cargados con enormes bovinas de acero, con palas eólicas, con reses, con ilegales escondidos en los frigoríficos, hacían vibrar incesantemente el polvo de la habitación creando un aura dorada en todas las cosas que rodeaban al huésped, como si un insecto frotara sus élitros bajo la piel del cráneo al ritmo de las aspas del ventilador.

El hombre empezó a liarse un cigarrillo de crack y buscando el mechero se topó con la escritura. Génesis. Conforme iba leyendo las páginas del libro sagrado las arrancaba y las iba quemando en el lavabo que había junto a la cama. Moisés estaba siendo salvado de las aguas cuando un ladrido ahuyentó a la hija del faraón. Al instante unos nudillos llamaron a su puerta.

-¿No tendrás un cigarrillo?

Oyó del otro lado.

-Huele a incienso y mirra. Lo que sea que fumes.

Entreabrió la puerta. Allí estaba la muchacha. La miró en silencio.

-No busco líos -estaba flaca y llevaba una rosa tatuada en la mejilla-, pero un chino o un trago nos vendrían bien.

-El perro o tú.

Al poco volvió a llamar.

-Un tirito, por favor.

El hombre entornó la puerta a la doncella sin unicornio.

-Si no buscas líos, no los encontrarás.

Y la dejó pasar. La muchacha se sentó en el suelo. El hombre armó otro cigarrillo y lo prendió. Se lo pasó a la joven y siguió leyendo minuciosamente la vida de José en Egipto y ofrendando cada página al fuego. La muchacha, ya bajo los efectos del cristal, lo miraba fascinada.

El hombre le leyó en alto el final del Génesis, la muerte de José en Egipto. Una gruesa lágrima caía de los ojos de la chica.

-Mi madre me entregó a una familia de acogida.

El hombre volvió a mirarla en silencio. Recordó a su hija, también muerta entre extraños con una aguja colgándole del brazo en otro motel de mala muerte.

-Sigue leyendo -suplicó la muchacha.

Quedaban tantas páginas aún pero antes o después nuestro tiempo termina por acabarse.

Alguna vez se oye el rumor de que ha llegado a la costa alguna de las seiscientas niñas de cerámica que se ahogaron a escasas millas de Rotterdam, sonriente, muda, estimada en poco más de mil trescientos marcos alemanes, aunque en alguna almoneda hubo marinero que pagó dos marcos para llevárselo a su hija. Eran los días anteriores a la Gran Guerra. El Índice Big Mac no nos serviría para tasarlas.

Así voy yo perdiendo la memoria de las seiscientas muñecas de mi vida, Clara, Sonia, mi madre, Linlin, la hija que no tuve y que se llama Violeta, los días, las noches. Las vigilias en las que no puedo dormir, y recuerdos salvajes me asedian, me levanto y bajo al puerto, a veces en Algeciras, otras en Bilbao, o en Valencia, allí donde mi trabajo me lleve, y me paro a mirar el pico de las grúas, cargando y descargando contenedores con una furia meticulosa y metódica, como quien mide los pies de un hexámetro para una oración fúnebre.

Todo está allí, toda obra humana que viaja por los océanos, ordenada, etiquetada, como la palabra que viaja de la boca al oído. Sé que en uno de esos contenedores viaja mi vida y que hay un estibador que ha recogido todos los fragmentos que me componen y los ha colocado sistemáticamente y les ha dado sentido y que entonces mi vida tiene música y poesía. Y doy gracias a Dios, al Dios de los estibadores, de que existan.

Pero otras, en las que Dios no existe o se ha olvidado de un cargo porque cree que los estibadores son ángeles caídos, demiurgos rebeldes, o no cree en mí, lo que es lo más probable, sé que un tsunami ha arrastrado a la tormenta ese contenedor y que la carga se ha volcado sobre las aguas no porque la estiba no haya sido bien realizada, sino porque toda obra humana es efímera. Y esos días me acerco a la orilla confiando en que la marea arrastre a la orilla algún resto del pecio, un beso de Sonia, el calor de mi madre, la fugaz espalda de Linlin, alguno de los poemas que he ido perdiendo con los años. O tal vez tengo fe en que alguien, un paseante solitario y soñador, recupere alguno de estos recuerdos e investigue su procedencia y descubra que son míos, que son yo. Y yo aquí esperando ese cargo, su desestiba, sonriendo ante esta nueva ofensa, un día, y otro, un año, otro.

 

 

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