Relato ganador del XXX Premio de Relatos Cortos José Nogales
LA HISTORIA DE ADENTRO
Seudónimo: La prospección
Sin música la vida sería un error
FRIEDRICH NIETZSCHE
... sin sonido un dislate..., sin ruido una eminencia...
En las fotos no parecía tan grande, pensé nada más verlo. Llegué a Cartagena por la mañana, en el autobús de línea, un autobús de dos pisos estupendo. Cuando eché la solicitud, y sé por qué, pensé en la vigilia, en las franjas horarias, en la longitud de la tierra, en el negro del mar, de las noches inciertas con ese ruido consecutivo de las olas picoteando el casco. Cuánto dolor, cuánto asedio, cuánta incertidumbre... a mi servicio. La naviera era propietaria de grandes barcos mercantes para todo tipo de transporte; desde contenedores a vehículos, desde semillas a ganado. Mis preferencias, como no tenía experiencia, dependían de las suyas. Yo me ofrecí de multiusos, de todo aquello que no requiriere experiencia. Soy sumamente sensible y tengo una gran capacidad para marearme sobre cualquier cosa, por eso nunca sería pescador, como nunca sería windsurfista o atún. Los grandes barcos serán otra cosa, me decía, seguro que no se mueven, como los grandes aviones.
Soy de tierra adentro y, ahora, aquí, tirado, he decidido confesarme, no con una intención de alcanzar el perdón, porque ni tengo perdón ni lo necesito, lo hago como denuncia ante lo mundano, y por gastar con dignidad —ya que yo puedo utilizar esta palabra— los últimos bríos de mi linterna frontal. No está mal ausentarse por un rato de esta profundidad mientras pongo en claro mis ideas, mientras escribo cómo he llegado hasta aquí, por qué todo está tan oscuro y por qué las cuitas me atormentan.
Nací al norte de las montañas del centro, en la zona fría de la cordillera, entre la cabaña; ahí los pastos tienen claro que crecen para acabar en alimento, como las carreteras saben que acabarán en alguna rotonda. Las vistas son inmensas y las distancias se miden por las torres con las que se postulan las iglesias. Yo no conocía el mar, nunca había salido del norte, estaba tan acostumbrado a los inviernos crudos como al cordero asado. Soy joven, pero no veinteañero; cuando cumplí los treinta me propuse un cambio de rumbo, hacer lo posible por salir de los restos del medievo, por abandonar esa meseta que las montañas han modelado influyendo tanto en la climatología como en el carácter. Esto no es un reproche, amo esas montañas, estaría bueno, pero los grandes accidentes geográficos son así, influyen de una manera decisiva en todo lo que les rodea. No quiero hablar de mi familia por el lógico decoro, pero por supuesto tengo familia, hombres y mujeres que viven prendidos a su origen. Durante la década de los veinte tuve una novia acaudalada, empero, lo del cambio de rumbo también le concernía a ella, y el mismo día en que cumplí los treinta decidí romper con todo, desafiando mi tendencia a «marearme»: era martes, un día de lo más normal, invernizo y corto, con la particularidad de que era el día de mi cumpleaños. Ella no se lo esperaba, no sabía nada de mis intenciones. Llegó con cinco regalos: una linterna frontal, un cepillo de dientes, eléctrico, unas New Balance que lo flipas, una boquilla, ni más ni menos que de Urquiza, para mi corno francés, y un ramo de margaritas congeladas de frío (se las habían traído por valija, ya que en nuestra zona por esas fechas eran imposibles de conseguir). Fue una pena, además de un desperdicio y una crueldad, incluso un indicio, ya que al poco de dármelas soltaban pétalos como queriendo decir... El restaurante había sido una posta de caballerías otrora, olía a tomillo, a cordero asado, a buen caldo. En un ángulo estaba encendido un horno de leña —en realidad de barro calentado a leña, leña de encina—, en su interior se doraban los asados. Entre el frío del exterior y el calor del restaurante, las margaritas se mustiaron como en un documental en el que una cámara rápida acelera la contemplación del desastre. Según se curvaban los tallos, los pétalos pasaban del blanco al amarillo y ahí se lanzaban al vacío, entonces, y podría explicar por qué, ante aquella masacre, empecé a sentir un calor excesivo, a sudar, empecé a sufrir, a padecer, hasta que no pude más, me levanté, cogí el ramo de margaritas y lo metí en el horno de leña con el consiguiente revuelo. Mi novia comenzó a llorar y salió corriendo al servicio, al mismo tiempo, el encargado de los asados —con pajarita granate— me censuró por la posible afectación de mi ocurrencia al sabor del cordero, los camareros —con pajarita negra— sacaron del horno las brasas, el dueño —con pajarita azul ultramar— se abalanzó sobre mí insultándome acaloradamente, blandiendo una cuchara de madera. Lo que pasó después no lo recuerdo, pero, girando la copa de vino todo empezó a cabecear, se hizo rojo teja..., como éste rescoldo, este último rescoldo que me alumbra…
La linterna frontal ha disminuido su intensidad, espero que se apiade y me permita el desahogo. Aquí abajo, en el plan, sobre la quilla, la humedad es devastadora, únicamente esta caldera, la número tres del barco, sigue dando algo de iluminación y calor, pero, al igual que las otras, se está apagando. Su puerta abierta aún me da forma, aún la silueta hace de mí; seguro que desde cualquier ángulo de esta inmensa bodega se advierte un cuerpo, un punto de luz que acabará conmigo. Esta caldera, este rescoldo rojo teja, al que he echado de todo para mantener su lumbre, me ha llevado a aquel martes corto e invernizo, a la velada de mi última celebración. Hoy los olores difieren y yo soy otro, no haría ascos a aquel asado, al caldo rojo teja, al cuerpo de aquella novia acaudalada. Soy un superviviente destinado a golpear la sentina, a interpretar con mi boquilla Urquiza —como sutil colofón a mi latido— un puurlumplin, un puurlumplon, un puurlumplan sostenido. Soy un hombre tildado de sonado —quizá lo correcto, para evitar connotaciones negativas, sería decir «sonoro»— y sé por qué, soy alguien confiado en el cercano desenlace, un marinero iluso o más bien intrigado por lo que pasará en las próximas horas. No tengo miedo a la muerte, nada más esperanza y comprensión, curiosidad ante el significado de lo ignoto. He vivido una vida de mierda y siempre me he consolado sabiendo que la única cosa segura en el futuro es el adiós muy buenas.
Tenía que presentarme a lo largo de la mañana en las instalaciones portuarias de Escombreras, la zona de carga y descarga de mercancías del puerto de Cartagena. El día era abierto y limpio, las lluvias de la primavera habían hecho su labor. Un tranvía me dejó en La Unión, un pueblo minero, a unos cinco kilómetros de Escombreras, y, como hacía bueno, fui dando un paseo por Marte o por las vistas de la extracción minera, dejadas ahí como recuerdo a una explotación coronada por la ruina. Era un choque inmenso entre mis paisajes verdosos y estos desabridos, tanto como la vida que me esperaba, de tierra adentro hasta adentro de un buque mercante. En la garita de acceso al recinto portuario me recibieron buscando mi nombre en las reservas..., en la dársena no me recibieron. Por las fotos y, lógicamente, por el nombre del barco, lo encontré sin problemas, era una mezcla de granelero y portacontenedores. En las fotos no parecía tan grande, pensé nada más verlo. Desde abajo la cubierta superior gustaba de una línea de barandas blancas, una balconada por la que no miraba nadie. Llevaba mi corno francés y una mochila verde, de 20 litros, con mis cosas. Al marcharme había dejado en mi cuarto lo poco que tenía. No me despedí, no hacía falta, no miré atrás, no había nada que mirar, solo una madre, pero ella siempre estará conmigo, da igual que deje de morir.
La dotación la componíamos veinte hombres de diversas nacionalidades, más de la mitad hacían extras, muchos eran bárbaros, algunos jóvenes, todos canallas. Lo cierto es que la frialdad del barco nunca me permitió llegar a ponerme en su piel, no alcancé a conocerlos; con la mayoría no crucé dos palabras, con dos una comanda, con tres los ronquidos de las cuatro literas del tercer camarote. No hacía falta fluir, y, siendo sincero, ni sé ni pretendía hacer amigos. El barco, tras descargar miles de toneladas de carbón en Escombreras, llevaba la panza vacía y la cubierta salpicada de contenedores de todos los colores, llenos de lo inconfesable..., porque no me engañan las aduanas, los tornos, la policía de frontera, los sabuesos, los detectores de metal, las grúas pórtico, no me engañan los buques mercantes…, dentro de este mundo oculto se concentran las cosas más perversas, dentro de este lugar inaccesible van las inmundicias de la sociedad del bienestar, el auténtico carácter del consumo, las transgresiones de la naturaleza. Desde que puse el pie en este maldito barco me sentí extraño; estaba seguro de que era culpable —por cooperador necesario— del tráfico de carne, de la contaminación por hidrocarburos, del chanchullo del coltán, del fomento, evolución y conserva de la trata... Nunca dudé de que aquellos terribles rugidos de la noche —aunque los disfrazaran de dilataciones del metal— procedían de la devastación, del más zafio usufructo, del cerco de las olas. Desde que puse el pie en este maldito barco supe lo que debía hacer.
Mi cometido, inicialmente, era vago. El capitán —con pajarita azul ultramar— estaba siempre recelando de mí; me consta que, nada más ver mi corno francés (trompa), le indicó al contramaestre que mi ocupación debía ser de poca monta, que no tenía cara de ser trabajador, que nunca se había fiado de las musas, que me encargara trabajos menores, que se vigilara mi acomodo, porque, según decía: aquellos que buscan la belleza son ociosos y un claro escollo para el normal desarrollo del progreso. El contramaestre —con pajarita granate—, prevenido y, siendo el primer responsable del punto de la sal, por si acaso me eximió de todo lo que implicara compromiso, de tal forma que, desocupado, ocioso, en vez de hastiarme tendí hacia el entretenimiento, y en ese punto todo se sucedió con naturalidad. Empecé a desplegar mi libre albedrío, mi instinto; sin una obligación que ocupara mis horas, comencé a desarrollar una red de sonidos encaminada, inicialmente, a entretenerme, pero después me di cuenta de que, en un lugar tan cerrado, en el que todos los sonidos se difunden sin el menor esfuerzo, podía controlar con mi red de sonidos la marinería, el ánimo, apoderarme del mando de la nave. La importancia de los sonidos es inmensa, los ruidos de un barco tienen mucho de extraordinario, algunos son perturbadores, otros evocadores, los hay desagradables, acechantes, están los que pasan inadvertidos, los primordiales... Si en una larga travesía alguien se apodera de ese caudal de sensaciones, puede llegar a intervenir en las mentes variando la deriva, mudando la condición humana para que se libere y muestre lo que lleva adentro.
Cuando me he referido a mi última celebración, al suceso del horno de asar, he pasado sin solución de continuidad al plan, a la quilla del buque, del vino rojo teja al rescoldo rojo teja de la caldera, no he contado casi nada de mi vida de interior —adentro—, ni de quién fui ni de mis ocupaciones, y sé por qué. En realidad yo soy insignificante, no tendría valor detallar la insignificancia, pero sí puedo, debo, hablar de mi mayor cualidad, es necesario explicar a qué se debe haber sido tildado de sonado —quizá lo correcto, para evitar connotaciones negativas, sería decir «sonoro»—: en el lugar del que procedo la importancia del toque de campanas es capital, no solamente como indicación horaria, por supuesto como advertencia de un suceso. La pureza de los ruidos ayuda a saber lo que dice la cabaña, a discernir entre un perro alegre o su calvario al final de la soga, a escuchar la apertura de las piñas en primavera, a diferenciar el piar de las aves..., durante la misa, a calcular la cantidad de vino pimplado por el pastor antes de la consagración, incluso, durante la consagración, a captar el guiño inequívoco que el estómago hace al hambre —de este guiño, de lo de, te suenan las tripas, viene la importancia de acometer una labor de sonido o escucha siempre saciado—. Cuando me tumbaba sobre el pasto me ponía una brizna de yerba entre los dientes, la mano diestra sujetando la nuca, y, estirado, a veces con la pierna derecha sobre la izquierda —siempre saciado—, lo que hacía era contar sonidos, del más cercano al más lejano, para aprender y así poder componer los míos. Yo he llegado a contar hasta cien sonidos: el de las hormigas de alrededor, el de mis adentros, la labor de coger aire, de expulsarlo, el sonido de mis dedos arrancando una brizna de yerba, muy distinto al sonido de arrancar una brizna de paja, el escupitajo que alejaba la brizna exprimida para dejar cabida a la venidera..., de los animales, inexcusablemente los comunes: la cabaña, los de compañía, los recalcitrantes, los cínifes..., y qué decir del murmullo del avión camino de Barajas, de los carromatos, los tractores, de los pitidos del vendedor de pan, distintos a los pitidos de la furgoneta de Fortuna, el de las fornituras..., y podría extenderme indefinidamente, pero lo curioso es que ahí nada estorbaba, nada se solapaba de una forma incómoda, todo ocupaba su lugar y tenía su espacio, creando la atmósfera de lo razonable, de lo que llaman escala humana. Estos que he enumerado son los sonidos primordiales; muchos clásicos, normales, los que todos hemos oído alguna vez, los que sabría enumerar hasta el más tonto —que espero no seas tú—, pero a base de interés, de experiencia, de atender de un modo casi monástico lo místico, comencé a tocar el corno francés (trompa), y a partir de esa afinación a recrear otros sonidos, digamos más complejos; ondulaciones que salían de mí o se colaban en mis adentros modulando mi respiración. Ahí comprendí la fuerza de un sonido, su influencia en las entrañas, adentro, su cualidad, su tamaño, y el día que produje un clímax inequívoco en mi novia, sin tocarla, a través de un do imaginario salido de lo jondo, supe de mi poder, de lo que conseguía tras haber sonado, de cómo podía alterar la conciencia, por ejemplo, precipitando las horas para estimular un cambio horario, una deficiencia respiratoria, encontrando el camino a seguir desde lo sutil, enajenando seduciendo.
En estas situaciones alteradas de conciencia lo primero que se toca es el tiempo; trastornar el tictac en un lugar cerrado rompe las referencias temporales. Desencajar las horas de un barco respecto a su alrededor lleva —con las semanas, con el acúmulo de retrasos— a su cabeceo, a truncar el equilibrio. Mi corno francés (trompa), para que se me entienda, actúa como un inhibidor de frecuencias; bien soplado, emitiendo los sonidos adecuados a las horas en punto, es capaz de someter al instrumental a variaciones leves y continuas, desviando la nave, encaminando la mente a un circunloquio.
Como ya he dicho, la tripulación la componíamos veinte hombres de diversas nacionalidades, ahí incluyo a todos, capitán, contramaestre, sumiller..., a todos, empezando por mí, culpables de pagar —da igual el grado de implicación o conocimiento— la afrenta causada al planeta por nuestro hacer.
Una mañana —después de semanas interviniendo en el tictac—, con el sol despegando del este, haciendo un nuevo día mientras que el instrumental decía que era de noche, con la nave cabeceando intensamente en un mar encalmado, comencé, siempre saciado, a frotar las barandas blancas con mi cepillo de dientes, eléctrico. El chirrido (un peculiar salomar) significaba dentera; era tan leve que no afectaba las encías, solamente a incisivos y premolares. En la primera fase la sensación se admitió como causa de la larga travesía, pero, salido el sol, manifestando el instrumental que era de noche, la gente comenzó a acercarse al botiquín para curar su angustia. Mi labor no era constante, tampoco podía descubrirme, pero la inacción me permitía jugar a mi antojo con la dentera, producir mala hostia, hacer aflorar las rencillas larvadas, la chispa del encabronamiento. Aquí surgieron las primeras disputas, y, con ellas, la primera baja fruto de la primera reyerta (19). Este, podríamos llamarlo, prólogo, nada más fue un juego, una broma de escasa trascendencia, pero la burbuja que crea un barco —aunque sea tan grande como la de un buque mercante— impone el recogimiento, rompe con la realidad, distorsiona todas las percepciones, las agranda, y ese chirrido insignificante de unas cerdas en una baranda blanca, acabó por ser tan desagradable que colmó de vehemencia el trato y los comportamientos, enajenando seduciendo. Para mí, ese éxito, esa eficacia de un cepillado mínimo, me abrió un camino de perversión máximo. Con la confabulación de un casco de metal, del sitio de las olas, pensé en la vigilia, en las franjas horarias, en la longitud de la tierra, en el negro del mar, de las noches inciertas, ahora iluminadas por un sol incisivo: cuánto dolor, cuánto asedio, cuánta incertidumbre... a mi servicio.
Hacia la mitad de la singladura, tras los entrantes, con todo en aparente normalidad, con una estela de norte a sur propia de un avión cuatrimotor, con la marinería relajada por aquello de que el servicio se había completado y la dentera era costumbre, comencé a sentir un calor excesivo, a sudar, empecé a sufrir, a padecer —y podría explicar por qué, si no fuera por mi insignificancia...—, hasta que no pude más; me recriminaba mi indolencia, mi falta de ganas, ese dejarse llevar por una nana. Con el cabeceo estaba adocenado, como un pasmarote, llevaba días sin hablar, sin comunicarme; esto me facilitaba el ensimismamiento. El sondeo se debía sustanciar, las cerdas de mi cepillo de dientes, eléctrico, ya no daban dentera; desgastadas creaban un pequeño recuerdo de lo desagradable, pero poco más. Sobre la blanca baranda vi caer el cepillo girando como una simiente de sámara. Era la indicación, sin tardanza debía despedirme, adentrarme. Levanté la cabeza, miré al sol de frente, como la última vez que se mira el ocaso, con renuncia y melancolía, giré sobre los talones y me despedí de los cuerpos celestes.
Este inmenso buque mercante tiene varias bodegas, en el centro está la más grande, un gran espacio —muy similar a una nave catedralicia— para transportar contenedores o carga a granel. A popa de esta nave surgen tres escotillas que van a dar a las tres gigantescas calderas de carbón; aquí es donde me encuentro, desde donde escribo; tirado en el quicio de la escotilla tres, mirando a la caldera tres; aquí es donde aún blando la boquilla Urquiza. Ésta es la historia de adentro, la prospección:
Inicialmente me escondí; era necesario soplar en las horas en punto para que todo se volviera a desequilibrar. Tras romper el sello metálico de un contenedor, lo abrí y me colé adentro armado con la boquilla Urquiza. Tenía mi linterna frontal a tope de carga y una gran curiosidad para, al tiempo que dejaba correr el tiempo, verificar mis sospechas respecto a que, adentro de los contenedores se ocultan las cosas más perversas, la inmundicia de la sociedad del bienestar. El contenedor no era refrigerado, era de seis metros, durante la carga se había dejado un pasillo central para que los aduaneros pudieran revisar el contenido, y es que el contenido era tan delicado como sus intenciones. Envuelto por la inocencia podía contemplar en estado letárgico miles de muñecas de Mattel, todas desnudas, todas expuestas, todas accesibles; un universo virgen de depravación a mi alcance. En una esquina, en menor número, diría insignificante, las muñecas eran muñecos, y ahí me asaltó la duda de mi, quizás, precipitación a la hora de utilizar el concepto de la inocencia. En cualquier caso esto era lo de menos; por haber nacido en una sociedad católica y mojigata, sé que el sexo es la tentación con la que lo primitivo pervierte al compromiso. Emparedado entre «cuerpos sutiles, ingrávidos y gentiles», me repetía: cuánto dolor, cuánto asedio, cuánta incertidumbre... a mi servicio, y es que no me quería imaginar el uso torticero de esos cuerpos vírgenes, su exposición al magreo, su vulnerabilidad. Comencé a sentir un calor excesivo, a sudar, empecé a sufrir, a padecer... Tras apagar la linterna frontal tuve que abrazarme, acuclillarme, y ahí, con el olor que lo erógeno suelta incluso desde las muñecas, fui repasando la inmundicia de la civilización contemporánea; ese canon estilizado como referente de lo bello, que nos lleva, a los obesos, a sufrir desde la infancia la manipulación alusiva y grosera de los derivados del petróleo. Mi mente se aturullaba invadida por discursos mediáticos, por lo de la gordofobia y el sexismo. Daba por cierto que yo, que la tripulación, que ese maldito capitán, seguro con hijas púberes, éramos los culpables de afianzar los conceptos equivocados de la disparidad de género; sabía que no éramos merecedores del perdón. Volví a encender la linterna frontal, a mi derecha, como pidiendo clemencia, una muñeca desnuda rozaba con sus muslos mis nudillos; indudablemente su intención era tentarme, de hecho sentí que se insinuaba, que, levemente, abría las piernas y, sin pretenderlo, vi su sexo lampiño, entreabierto y mojado, accesible. Lo que pasó después no lo recuerdo, pero era de día cuando, al abrir el contenedor, pude certificar que (aunque había fallado en algunas horas en punto), desencajado el tiempo era de noche, madrugada, y que los culpables no debían seguir respirando. Bajé por las escaleras metálicas de la barandilla naranja y ahí mis talones no tuvieron piedad, fue su tañer, fueron los maitines, fue la sobriedad de unas New Balance que lo flipas impactando en las planchas de acero, lo que colmó la prospección de ese toque de muertos. Eran dos tramos de escaleras desde la cubierta superior a la uno, y, al golpetear las planchas, los que dormían en el tercer camarote de la cubierta uno, fueron convocados al castigo: madre, por qué tocan tan tristes las campanas, madre, por qué sufres, madre, por qué hay sonidos de luto, amaneceres yertos. En la cubierta uno me topé con el sobrecargo —con pajarita granate—, el muy imbécil me miró con cara de reproche, casi de asco, seguro de superioridad; no dijo nada, no podía, el tañer de las New Balance era hipnótico. Una fila de marineros —con pajarita negra— se extendía por detrás de mí, tras ellos se situó el sobrecargo. El eco de mis pisadas sobre las planchas empujaba las voluntades; no tuve más que hacer; abiertos los portillos fui dando el pésame a cada hombre al agua (13).
Cerrados los portillos debía continuar, pero no todo vale ni todo sirve para un mismo fin; todo se gasta, se corrompe, nada queda. Mis New Balance se reblandecieron y su tañido dejó de flipar, derivó en tintineo, pasaron de percutir a tintinar; cosa agradable y comprensiblemente ineficaz para mis intenciones. Si estoy sonado —quizás, repito, lo correcto, para evitar connotaciones negativas, sería decir, si soy sonoro— es porque sueno, porque soné, y eso fue tremendamente satisfactorio, surgió sin pretenderlo, como tantas cosas acertadas que llegan sin más hasta nosotros. Cuando mis deportivas me impulsaban con su tintineo por los dos tramos siguientes de barandillas naranjas, desde la cubierta uno a la dos, caí, pero no con estruendo; no fue una caída típica dando volteretas por los escalones, no, caí a plomo, asumiendo el “trompazo”, y entonces ocurrió...: un sonido de corno francés (trompa) —viento-metal—, justo lo que precisaba para desbaratar las intenciones de los recalcitrantes. En la cubierta dos, ya muy cerca de la línea de flotación, cinco operarios —con pajarita negra— se encargaban de revisar la temperatura de los contenedores refrigerados, llevaban bandejas (puede que como escudo ante los cercanos cigüeñales), ese inconveniente me mantuvo vacilante, pero mi aplomo sujetó mis ansias y la espera me sirvió para congratularme; no era baladí sonar como un corno francés (trompa). Era metálico; sé que se trataba del influjo de mi instrumento (que reposaba en el camarote), además de una adaptación asombrosa al entorno, del ascendiente que el acero de alta tensión genera en los cerebros facilitando las hostilidades. Era metálico, viento-metal, abrí la boca, mordí mi boquilla de Urquiza (de una manera poco ortodoxa), y, con ambas manos: una a la altura del esternón, la otra a continuación, entre los pechos, comencé a teclear los pistones reproduciendo el solo de trompa Nº 5 de Tchaikovski. Esta perturbación, para ser pulcro, esta virtud, detuvo el barco, dejaron de afanarse los cigüeñales, calló el escándalo y ahí, los cinco operarios, tras mirarse, dejaron las bandejas y, tras mirarme, se quitaron la ropa, abrieron uno de los contenedores refrigerados —el de las gambas rojas—, y se introdujeron sin rechistar en los cuarenta grados bajo cero (8).
La detención del barco, como es natural, produjo una reacción calculada: sabía que en breve aparecerían, alrededor de los motores, los encargados de averiguar qué sucedía. Al comenzar la prospección, conscientemente, había dejado al margen la torre de control; lugar angosto y bien protegido, ya que el acceso al puente de mando no es fácil y menos aún para los que ocupamos el lugar más bajo del escalafón. Todo estaba calculado; una prospección no se inicia, al menos en mi caso, por ver qué pasa, si se prospecta se prospecta, y si se falla se apenca con los pros y los contras. Por ahora todo iba bien, demasiado bien, porque el influjo y la asimilación me habían liberado de cinco indeseables sin ningún esfuerzo.
El buque es una antigualla, ni que decir tiene que, antes de nada, había inutilizado tanto los teléfonos de comunicación interna como el ascensor, así, la única forma de ver qué pasaba era bajando por las escaleras metálicas, cuyo ruido y vibrato me ponían en aviso. Pronto escuché cómo se aproximaban los siguientes candidatos a diñarla; por la vibración tenían prisa, por el ruido eran varios. Sentado hice la cuenta; la reverberación me impedía concluir un número exacto, pero exactamente eran tres. La sorpresa vino cuando de la proa de la cubierta dos se sumo un ruido al ruido, otro vibrato al vibrato, otros tres a los tres. Crecía mi entereza. El grado de implicación y la chamba me notificaban que estaba haciendo lo correcto. Si mis cálculos no fallaban, con la inmolación de estos seis marineros quedaríamos el capitán y yo. La maniobra fue compleja y sutil. El silencio facilitaba mis designios; detenida la maquinaria solamente se afanaba el instrumental básico. La energía esencial, facilitada por los acumuladores, se mantendría —si no se reiniciaban los motores—, mínimo veinticuatro horas; las que han pasado ya, las que pasaron hace días, las que se fueron para dejarme aquí tirado, apencando con los contras de mi prospección. Fue un error de cálculo, aunque, está bien, lo acepto, ni tengo perdón ni lo necesito; yo no debo salvarme. La entrega y el sacrificio de la dotación han sido admirables. Se acaban los bríos de mi linterna frontal, se consume el último rescoldo de la caldera tres. Esta catedral de codicia, este buque empeñado en la depravación, va al pairo. No puedo seguir escribiendo, no veo un pijo. Puurlumplin, suena cansada mi boquilla Urquiza, antes decía puurlumplon, pronto dirá puurlumplan y será mi último latido. Queda tanto por escribir: qué pasó con los últimos hombres, con el capitán, cuál fue el contratiempo que me dejó encerrado... Coño, los tres marineros que bajaban, los tres que venían vienen... Todo empieza a moverse, sigue el movimiento circular de mi copa de vino... El cordero recupera su olor, tengo las New Balance que lo flipas puestas, desatadas, el cepillo de dientes, eléctrico, chirría dentro del caldo de la carne, llevo en la frente, ladeada, la linterna frontal. Todo cabecea: esta es mi contrariedad; mareado, vuelvo a morder la boquilla de Urquiza y soplo, puurlumplan... Sucede, poto sobre mi novia asada la carne acaudalada, los seis marineros —con pajarita negra— pasan del éter a estar cerca, y, en volandas, soy desalojado, sucumbo, paso de adentro a afuera. El capitán —con pajarita azul ultramar— juramenta; me llega su estertor por los conductos de los respiraderos: me “suena” que cuando hice puurlumplin me apercibió, que con el puurlumplon me lanzó un ultimátum... Con el puurlumplan regurgitado me ha echado los perros —con pajarita negra—. No entiendo lo que grita este energúmeno que se abalanza sobre mí insultándome acaloradamente, blandiendo una cuchara de madera. No sé por qué me miran, por qué me patean, qué hago aquí tirado, por qué llora mi novia acaudalada... Moriré matando…; soplo mi último latido, sueno: ¡¡¡Puuurrrluuumplun...!!!